
¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!
César Vallejo
1.
El 2 de diciembre de 1969, luego de una intensa agonía, la vida de José María Arguedas llegaba a su fin. Cuatro días atrás se había pegado un balazo en uno de los baños de la Universidad Nacional Agraria de La Molina donde, hasta entonces, había ejercido como profesor. Finalmente, aquella primera y trunca tentativa de suicidio acaecida en 1966, estaba completa. En los días posteriores a su muerte, algunos diarios y revistas peruanas (La crónica y El siglo, por ejemplo) se encargaron de publicar las cartas de despedida que dejó para sus amigos y familiares. Una de ellas, fechada el 29 de agosto de 1969 en Santiago de Chile –y corregida posteriormente en su regreso a Lima el 5 de noviembre de ese mismo año– es la que Arguedas destinó a su amigo y editor Gonzalo Losada.
En ella, además de algunas reflexiones de carácter anímico y afectivo –visos innegables de la fuerte dolencia físico-emocional que aquejara al escritor durante buena parte de su vida y que, más tarde, sería un catalizador para el suicidio–, se habla del tortuoso proceso de maduración de una novela, finalmente abortado por la supremacía de la muerte, y de la posibilidad de publicarla, no obstante las insuficiencias que pesaban sobre su lisiada construcción. Sin embargo, la respuesta de Gonzalo Losada no pudo, por obvias razones, llegar a José María y fue sólo dos años más tarde, en 1971, cuando la novela vio la luz bajo el título de El zorro de arriba y el zorro de abajo, que esta carta pudo ser realmente contestada.
Se trataba –hay que decirlo– de un libro por demás estremecedor. Y no sólo porque en él se conjugaran el oscuro sentir de un intelectual que mira, camuflado en la imposibilidad de la escritura, el ocaso de sus facultades creativas, reaccionarias y laborales; el dolor de un escritor transido por la idea de haber llevado una existencia inútil y sustentada en ambiciones quiméricas, lejanas, por tanto, de toda posible realización; la batalla de un hombre con su muerte y la ruptura de un idealista con el pensamiento utópico que hasta entonces había propugnado por un mestizaje fecundo, capaz de conjuntar en una sola a las dos razas antagónicas del Perú; sino porque representaba un salto respecto de su producción literaria anterior y un giro copernicano dentro de la narrativa peruana de tema indigenista y, más extensamente, de la narrativa peruana en general.
Quizá por ello el destino de la novela no fue del todo fácil. Como suele ocurrir con las obras cuya complejidad sobrepasa los límites del periodo que las vio nacer, El zorro de arriba… se perdió en vericuetos intermedios entre el rechazo y la lectura descuidada, posturas que, a la larga, acabaron primero por marginarla y después por convertirla en un mero documento, en una calca fidedigna de la vida y obsesiones de su autor. De cualquier modo los buenos libros siempre se defienden solos. Aquello que permanece en el espacio y el tiempo de la literatura, casi nunca se distingue por su ortodoxia para con las ideas predominantes de su época sino que, por el contrario, aparece signado por la distancia que supo cobrar de dichas ideas sin abandonarlas del todo, y por las alturas que tal desapego le permitió alcanzar en la tarea de descubrir al mundo una verdad que hasta entonces ninguno de sus coterráneos había podido advertir (o, por lo menos, transmitir).
No deja de ser sintomático el hecho de que, desde César Vallejo, ningún otro escritor peruano, de entre los pertenecientes a la generación de Arguedas o anteriores, haya podido mostrar con la misma destreza y calidad literarias no sólo la situación y la esencia verdadera del indio, sino también el dolor y el resquebrajamiento de todo un pueblo, sentidos y representados, en este caso, a partir de la propia fragmentación, de esa escritura dislocada –rota– que late en las páginas de El zorro de arriba… y evidencia el derrumbe de los ideales, el paulatino oscurecimiento del individuo atrapado en los pantanos de la enajenación, al tiempo que deviene en el sacrificio simbólico llevado, más adelante, al plano de la realidad por el estallido de un revólver.
Esto no significa que la novela de Arguedas pueda ser entendida en términos estrictamente biográficos. Del mismo modo que Fernando Pessoa, ese gran poeta lusitano que supo hacer de sí mismo una latente metáfora de la condición fragmentaria de la vida y la realidad, guarda una distancia inmensa de cada uno de sus heterónimos (entidades independientes y ajenas al poeta desde instante mismo de erigirse seres pensantes) así también, el José María Arguedas que en el verano de 1925 sufriera la pérdida de dos falanges de la mano derecha en un accidente con la rueda de un trapiche, es totalmente distinto de la voz que se escucha en la novela y que, significativo o no, ni siquiera tiene un nombre.
Sin embargo, la presencia machacona del pronombre Yo y la posibilidad de verificar muchos de los sucesos que allí se cuentan, contribuyeron al surgimiento de lecturas que, como dijimos anteriormente, pretendían hacer de El zorro de arriba una suerte de testimonio. Algunos otros, obnubilados por la re-creación de un universo literario que hundía sus raíces en el pavoroso proceso de crecimiento industrial que para 1960 había convertido a Chimbote de una pequeña caleta de pescadores en el « puerto pesquero más grande del mundo », quisieron ver en la novela un entramado de carácter sociológico que le negaba cualquier tipo de mérito literario. Ninguna de estas dos postura nos parecen válidas sino extremistas. En ningún momento, y de ninguna manera, la literatura puede reducirse a testimonio fidedigno de la realidad objetiva, mucho menos puede ser despojada de su carácter literario. El zorro de arriba y el zorro de abajo es, antes que cualquier otra cosa, una ficción y, más concretamente, el tránsito de su autor de una escritura regionalista a un discurso experimentador y autoficcional. Tal es, como veremos en seguida, el supuesto de que parte esta investigación.