
Así. Por lo bajo. El tiempo se adivina.
No por la turbia inclinación del árbol
cuando la gravidez arranca telarañas
de las flores.
Tampoco por el pulso interrumpido
de la espina,
cíclico de tanto atravesar
las alas de una misma mariposa.
Así. Por lo bajo. De fronda en fronda
hacia el callado frontispicio
en el que maduraron granos,
peces, algas,
últimos representantes de alguna indómita
o tribal estirpe. Así. De tumbo en tumbo
hasta destejer las rocas,
hasta mellar lo duro de la escama
donde nada –por compacto– es para siempre.